Lima: Que ninguna ciudad tenga el nombre de alguien que amas, que ninguna ciudad deje de ser la tierra que pisas y se llame como quien has amado para que luego maldigas ese suelo o lo bendigas. Es curioso como los humanos vamos asociando elementos el corazón. La unión tierra querencia es bastante vieja. En el fime “ Hiroshima mon amour” por ejemplo, basado en la novela de Marguerite Durás, los amamtes se llaman con el nombre del lugar en el que vienen.“ Una ciudad es un universo cuando amamos a uno de sus habitantes”, decía Lawrence Durell en “ El cuarteto de Ajandría” . He ido a Lima tres veces pero las tres veces no he dejado de pensar mientras caminaba por el empedrado de Barranco o por las calles florecidas de Miraflores: “él seguramente ha transitad por aquí”; ha visto ese muro, ha descansado en aquel balcón, ha bajado esos escalones. He buscado la huella de mi amado en su tierra; pero lo cierto es que mis pretensiones de perra de caza siempre se han dado de narices con la realidad. Él partió desde el ochenta y con los nuevos gobiernos se tumbaron y reconstruyeron barrios enteros ¿qué sé yo que parte de la orbe que fue suya sigue intacta?, si él se fue y la ciudad le importó tan poco¿ porqué sí a mí? Quizá porque de los dos yo soy el cofre de los recuerdos y debo hacerlo porque él ya no tiene memoria ¿no es eso el amor?¿prolongarse en otros? Y cuando he mirado el mar, el oscuro, helado, neblinoso mar de la costa verde, con una cursilería propia de Neruda pienso que incluso el mar cambia, el agua que veo no es la misma agua que el pudo haber visto, entonces porque maldita si la misma ciudad se ha vuelto diferente ¿porqué yo no puedo olvidar? ¿Por qué yo no? Cuando me entero que este año no puedo volver a Lima una parte de mí – la parte trágica- se alegra profundamente.