No es que no quisiera replicarte , Rodolfo, no se trata de voluntad. Es que si te la contesto, tal como mi demonio reclama, voy a tener, en breve ganas de otras cosas. Voy a querer volver a escucharte, por ejemplo y empezarán los timbrazos que no contestarás y el ruido del tráfico que va a filtrarse por la línea porque aunque yo sí me detenga para pensarte dos minutos, tú permaneces siempre en movimiento, en la vía rápida. Buscaré trepar por tu risa, que se desata con cualquier pretexto, escala muros, invade fortalezas, se enrosca por alabradas y me toca donde ya no quiero ser tocada. Tu risa nos ha costado que nos hechen a la calle de varios sitios y bueno, también por los besos, ese largo beso de tres años que nos veníamos dando. ¿Qué se yo? La carta será un recurso tramposo para mirar de cerca el ojo verde que tienes y el otro ( a sulado) y conversar de todo menos de lo que me preguntas, platicar de cualquier vagabundería mientras imagino que tú me dices " pequeña, pequeñita" y se me permitas poner mi nuca en tu muslo, como hacen los animales cariñosos. Pero eso no ha pasado en mucho tiempo, ni va a volver a pasar. Tú estás lejos, lejos sembrado como los árboles del bosque que jamás conoceré ( Tengo un árbol se llama Dylan, me dijistes, estoy buscando nombre para los otros) y yo que no le pongo ni agua a las plantas y solo presto atención al gato cuando está a punto de morir de inanición y debemos llevarlo corriendo a emergencias ¿cómo puedo contestarte la carta si en realidad lo que quiero no es esa metáfona si no volver a verte y no sólo volver a verte si no que estés en mí y que detengas la caravana de tu circo y me contemples? Todo este silencio si a ti te extraña y a mi me encierra. Así que no voy a contestarla porque después querré verte llegar acompañado de panes y de perros y anhelaré no solo el buen sexo sino que me preñes, darte hijos y construir una biblioteca con mis títulos y los tuyos, conjugarnos no solo en carne, sino en palabra. No voy a contestarla porque voy a aplicarme en serio en creer que ya no importa, que sé perder , extrañarte y así, sin finales ejemplares desearte con ternura restringida, buena suerte. Buena suerte viejillo, buena suerte...
lunes, 20 de diciembre de 2010
martes, 19 de octubre de 2010
Siete: El loco
( A propósito de la visita de Leopoldo María Panero a Guayaquil)
— Mira, me habían dicho que si a ese loco le pedías un cigarrillo, uno de los tantos que guardaba en las cajetillas que llevaba consigo, como respuesta te muerdía e iba a dejarte una marca sangrienta con sus dientes delanteros, una herida profunda que tendría la forma estrellada de la cruz del sur; y que quizá, como se cree de los fluidos, no sólo te pasaría el temperamento, sino también la locura. Pero yo quería fumar, llevaba horas sin fumar y el loco permanecía como un tentador incendio, hechando humo sobre la banca del paque se iba en cigarrillos y en volutas. Y era la mordida o la abstitencia ¿entiendes? y la abstinencia duele más que la presión de cuatro dientes. Yo que me he pasado horas que son días, días que no recuerdo porque el tabaco le ha dado algo que hacer a mis dedos, algo más que nudos chasquidos; le ha dado un tono amarillento mis palmas extendidas que a veces reciben monedas, a veces nada ¿que tenía ya que perder si ya ni hambre me quedaba? Sólo ansias. Así que me arriesgué con el loco. Me habrí paso pisoteando entre la gente y tomé una de las colillas agonizantes de la hierba. A las plantas rotas del loco di tres largas caladas al pucho hasta que me sentí mareado, eufórico. Entonces mordí al loco con valor, lo mordí en defensa propia antes de que él dentellara primero y allá está, llorando como un perro castrado, mirándonos con ojos de miedo y desconcierto. No, no te puedo dar de mis cigarrillos, chico, me quedan muy pocos, sólo tengo unas mordidas, trinos, ánda a pedirle algo, si te atreves, al loco ese, al que está allá.
domingo, 10 de octubre de 2010
Seis: visiones de segundo grado
Copio un fragmento del libro " Cómo viajar sin ver" de Andrés Neumane que me ha hablado directamente: ¿qué hacer con lo que te contaron tan vívidamente, que no te pertenece pero fue tan real que parece un recuerdo? él los llama " visiones de segundo grado". " Repasando estas notas, me doy cuenta de que muchas son cosas que escuché, que leí, que me contaron..." así ha armado su novela, de mosaicos que no son suyos , son préstamos tomados de los recuerdos de otros. Y yo tengo los míos:
Por ejemplo, Guillemo me ha contado de unas focas en Galápagos que duermen sobre las reposteras de un hotel hasta que les quitan la música de fondo y vuelven al mar.
Bertha me ha hablado de la vez en que la inyectaron para olvidar y olvidó todo, menos lo que quería.
Rodolfo me ha dicho, monstrándome la mochila, que la tenía un pariente suyo y que lo encontraron abrazado a ella en el momento de su muerte.
Óscar me contó la vez que en la escuela hizo un hoyo en el patio del colegio para encontrar petroleo
Rodrigo, con la voz entrecortada, me ha dicho sobre vez en que tuvo sexo con un hombre por dinero, y tuvo a cambio de eso, una profesía.
Y todos estos son viajes que yo no he hecho y a la vez son míos, los he presenciado desde la ventanilla de la amistad o del amor y he visto estos paisajes. Juro haberlos visto...
Por ejemplo, Guillemo me ha contado de unas focas en Galápagos que duermen sobre las reposteras de un hotel hasta que les quitan la música de fondo y vuelven al mar.
Bertha me ha hablado de la vez en que la inyectaron para olvidar y olvidó todo, menos lo que quería.
Rodolfo me ha dicho, monstrándome la mochila, que la tenía un pariente suyo y que lo encontraron abrazado a ella en el momento de su muerte.
Óscar me contó la vez que en la escuela hizo un hoyo en el patio del colegio para encontrar petroleo
Rodrigo, con la voz entrecortada, me ha dicho sobre vez en que tuvo sexo con un hombre por dinero, y tuvo a cambio de eso, una profesía.
Y todos estos son viajes que yo no he hecho y a la vez son míos, los he presenciado desde la ventanilla de la amistad o del amor y he visto estos paisajes. Juro haberlos visto...
sábado, 9 de octubre de 2010
Cinco: El viaje
Luego de haber consultado el Tarot según el método de Jodorowsky, las barajas me aconsejan que deje actuar a la fuerza para seguir mi destino, que es el viaje. Tiene sentido, la fuerza es una carta que pide sanación y olvido. Me quedo muy removida con la noticia y creo que se me nota. El tarotista me regala como un consuelo una foto de Borges con María Kodama. Borges alza su cabeza de saurio husmeando el aire y María toma fotos aquí y allá. Inmediatamente se torna un amuleto y la coloco junto a la foto de mi abuelo. Borges era el resto de los sentidos y María era un lazarillo sólo de sus ojos. Después nos bebemos un pisco por el Nobel de Vargas Llosa. Bueno, dos piscos por el Nobel de Llosa y remato en casa con un whisky que no le dedico a nadie, un whisky al destino mientras me aplico en hacer cosas que odio: lavar platos y calificar infinitas hojas de infinitos alumnos cuyos nombres aprendo y olvido. Nada más lejano a un viaje.
Luego sueño, supongo que es el efecto de Jodorowsky. Sueño y de golpe en el sueño irrumpe Rodolfo. Viene del fondo, atravezando con mucha enegía las perchas de un market imaginario y nos encontramos, salgo del sueño aburridísimo que estaba teniendo para entrar a su sueñgo, que es mucho más interesante. Lo tomo de la mano y lo miro. Es el Rodolfo que recuerdo desde Armenia. Altísimo, con los ojos verdes brillantes y la camisa remangada hasta los codos. Sé que es un sueño pero me alegra que en este sueño haya un acto que le corresponda. Después salimos de allí y caminamos por las calles de Guayaquil, sin rumbo, sin sentido pero de la mano hasta que ya no reconozco ni las aceras por las que vamos y cae la noche y alguien nos dice: ustedes estan perdidos, no sigan por ahí. Entonces damos la vuelta y seguimos perdidos, pero de la mano. Así me despierto, perdida, desconcertada. El viaje ha fallado.
Lloro un poco, miro la hora. Pienso en el ritual de psicomagia que me han recomendado, que cierre el proceso de mi embarazo trunco con algún tipo de símbolo. Solo así va a fluir la fuerza... después dormito y aparece este hombre que hemos creado con Rodrigo un poco decretando, un poco riéndonos de nuestro destino equivocado: Franz, el pelirrojo franco canadiense con el que todo es natural, no entendernos en natural, hacer el amor es natural, cambiar de país es natural, emprender el viaje es natural.
El viaje...convoco el viaje y las cartas también lo decretan, el viaje como una destino en sí mismo. Todos estos amores míos, estos hombres períodicos, llenos de usos horarios equivocados, de maletas, de hoteles y virtualidades, toda esta literatura que hace de puente colgante entre nuestras bocas y nuestras manos que están unidas solo en los sueños . Me levanto de la cama exhausta y sigo exhausta. Necesito reunir energía para emprender el viaje que está allá, lo veo venir, el viaje se aproxima porque he lanzado la flecha y aún no ha encontrado un punto concreto donde enterrarse. La flecha es el viaje, necesito seguirla pero estoy abatida, debe pasar esta asfixia, pero cuándo...cuándo.
martes, 28 de septiembre de 2010
Cuatro: Rutinas conyugales
Se ha vuelto de lo más normal que cuando llegue a casa por la noche, él ya se ha sacado los zapatos con los que ha camidado durante todo el día y los haya dejado en mitad de la sala. A demás, debido a que olvidó cerrar, la ventana que da al patio, se han desparramado como una hojarasca sobre el piso. El gato hambriento se lanza a morder mi tobillo porque tiene su tazón casi vacío. La llave del lavamanos gotea y la toalla mojada, sobre la ropa limpia del armario despide una peste a húmedad.
Como pago, yo dejo alzada la tapa de retrete y tampoco halo la cadena, dejo que las hormigas invadan las tazas sin lavar del fregadero, bebo directamente de botellón de agua, a pesar de que la incipiente tos anuncia gripe, coloco en el refrigerador la ensalada y la elevo a la máximapotencia , también vacío del cesto pelotas de papel arrugado y las coloco fuera como si se tratase de un error de puntería. Borro los mensajes que son para vél de la contestora y luego me percato de que él, antes de marcharse, también ha borrado los míos. Buso el libro que estoy leyendo antes de dormir para conciliar el sueño , lo hayo discretamente oculto bajo el colchón de la cama, entonces mezco su mejor camisa blanca con otras ropas de colores y enciendo la lavadora mientras la cambio la pila de sus adufinos por una gastadal, al tiempo de que la tintura se extiende sobre la prenda como un eclipse voy a buscar de cigarrillo. No hayo ninguno por toda la casa, entonces uso sus fósforos perfumados, esos que traji dela India, Antes de irme a dormir tomo su almohada y la escondo bajo la pila de ropa interior sucia. Al día siguiente, al verlo despertar acunando la cabeza entre sus propias manos, siento una punzada de ternua. A veces, en circunstancias así, una cede. Lo miro y Soy la primera en enceñar los dientes esa mañana, él me contesta con un par de ladrido, después todo es bulla, jadeos. Quizá haya un poco de sangre entre las dentelladas pero sabemos que es normal, de lo más en un matrimonio solitario de dos viejos lobos.
lunes, 27 de septiembre de 2010
Tres: Las dramáticas imágenes
Como ejercicio para aflojar la lengua, dentro del desarrollo de la destreza de la oralidad, los estudiantes de periodismo de la Universidad deben seleccionar imágenes que hayan ganado el premio Pulitzer en la categoría de fotografía y describir lo que ven. A la gran mayoría, contemplando a los niños vietnamitas quemados con napalm, a Katherine Cathey presionando su vientre contra el ataud de su esposo muerto en la guerra de Iraq o a la foto de la niña de sudan agonizante tomada por Kevin Carter, les tiembla la voz. Ante el gageo y la duda de mis alumnos yo me molesto. — ¿Acaso no van a ser ustedes periodistas? — les digo. Van a tener que tratar con situaciones así de terribles o peores. Deben crear un distanciamiento ¿O van a hacer prensa amarilla? ¿Prensa rosa? — Pero son sólo chicos, chicos hijos de la teoría, de la escuela de los textos .Por allí alguien suelta una lágrima, otro me pregunta qué hubiera hecho yo. No lo sé, lo contesto...no lo sé. Quizá mi irritación es consecuencia de mi vacío, soy más escritora que periodista.
Desayuno con la noticia de que la policía a tomado preso a un jovencísimo consumidor de marihuana en Guayaquil quien mira a los unifromados con los ojos desorbitados. Todo el aparataje, las sirenas, y la bulla que ha invadido a un barrio del sur para atrapar a un niño haciendo novillos es injustificado. — Contanto delincuente suelo y estos lléndose contra el muchacho, — dice la gente. Al final la turba se levanta de verdad y lanza piedras contra los policías que huyen a toda velocidad. En medio del jaleo, un reportero, muy jovencito, resulta con tres dedos rotos por una pedrada. la cámara registra las dramáticas imágenes, el rostro de dolor de la víctima. En esta profesión no se puede salir ileso, pienso, por eso escribo, aunque la ficción me protege, o al menos por ahora, no es un riesgo físico. No demasiado.
viernes, 24 de septiembre de 2010
Dos: resígnate a perder
Soy un caso perdido. Me encuentro con Adelaida en el lanzamiento del un novela de Leticia Loor. Tomo vino, mucho vino, litros de vino como si algún Cristo estuviera empleado en la cocina haciendo lo mismo que hizo en Canán Veo gente que egresó el mismo año que yo de la universidad, hablan con frases densas, usan palabras como narrador, meta texto, heterogoosia. Mi generación ya empieza a estar gorda y calva. Adelaida me confiesa que ama a un joven escritor que está en otro país y yo justamente llevo dos meses asistiendo a terapia para recuperarme de un caso similar con una consigna entre ceja y ceja: saber perder. Me sorprendo diciéndole que se vaya a Madrid, que se instale en la pieza del escritor, que lo ponga en jaque, que aproveche el calor de los cuerpos que aún no enfría la distancia, que se embarace, que haga lo que sea para ganar, que la vida es una jugada y que si no juegas te sacan. Adelaida dice que doy buenos consejos. Yo sé, secretamente que esa que va a terapia no soy yo, que puedo intentar perder pero que no sería auténtica, sería una yo fingiendo una derrota. 300 dólares a la basura para terminar siendo la misma que he sido desde que tengo uso de razón, la que crea arco, blanco y flecha. Bebo más vino y sigo parloteando hasta que empiezan a apagar las luces. Se me viene a la cabeza la frase de una melodía que cantaba mi madre mientras picaba, lavaba y pulía: “Pero no, eso no puede ser, resígnate a perder”.
Uno: los escritores somos gente sensible
Llamo al escritor Santiago Páez. He intentado comunicarme con él toda la mañana pero sale la contestadora sin ninguna grabación que me permita dejar un mensaje. Finalmente habla desde el teléfono de su casa. Santiago es un tipo luminoso y a la vez ensombrecido, depende de qué lado del reflector se haya colocado ese día. Empezamos a hablar de que viajaré a Quito a propósito del proyecto del libro de viajes y terminamos parloteando sobre las relaciones sentimentales. Santiago da consejos despiadados, crueles, dignos de la ponzoña de un escorpión A veces me da la impresión de que escucharme lo refresca un poco del letargo de su edad. Le digo que posiblemente me mude a la capital para estudiar una maestría de dos años en la Andina y utilice ese pretexto para dar por terminada la relación de diez años que tengo con mi pareja. — ¡Qué barbaridad! — Me dice— ¡Ninguna relación dura diez años! Puede seguir pero jamás será la relación que inició. — Yo fabulo, fabulo mucho, supongo situaciones y escenarios. Supongo que me separo de mi pareja y vivo una vida paralela concentrada en la lectura y la escritura, una vida ascética y solitaria muy parecida a la que vivo ahora pero con la absoluta responsabilidad de que dependerá exclusivamente de mí. La soledad de a uno es manejable, es menos ridícula. Santiago me escucha como un padre escucha los balbuceos erráticos de una nena que empieza a hablar, los tolera y los celebra con expresiones como — Me parece muy bien — Honestamente no creo que le parezca muy bien, pero ya estoy al teléfono y no tiene de otra, me quiere, no va a cortarme aunque lo aburra. Quizá lo que pasa es que siempre estamos concentrados en el sentir, me dice. — Cuando tenía tu edad lo importante era la pasión, amar, desamar, seducir a una mujer. Pero lo que me pasó a mí, lo que te pasa a ti también le pasan a los burócratas, con la diferencia de que a burócratas se “ chuman” los fines de semana y listo. A nosotros nos cuesta mucho más manejar las emociones, pero hay que escribir, cada segundo que pases sin escribir, sin leer, amando, digamos, es un segundo perdido.
Recuerdo que la primera vez que vi a Santiago, bastón en mano, con esa oscilación leve que tiene al caminar y con su boina de pana, me pareció un personaje leve, un escritor plácido que decidió reposar tempranamente en los jugos de su edad hasta que pasamos por un negocio de armería donde se estaban a la venta navajas de diferentes formas y tamaños. Santiago las miró fascinado disertando sobre los modelos y las formas — ¿Alguna vez has apuñalado a alguien? — Me preguntó con entusiasmo— Se hace así, empujando el mango y girando con fuerza la muñeca para hacer el mayor daño posible. Soltó una carcajada y después se limpió la palma en el gabán como para deshacerse de una sangre imaginaria. Después recuerdo que pasamos por un barcito donde un grupo de hinchas de la Liga estaba viendo un partido de futbol. — ¡Si pudiéramos ser como ellos! —Exclamó. Ibas unos pasos delante de mí, el contoneo de sus piernas le daban un aire inofensivo, inocuo — pero los escritores, como tú sabes, somos gente sensible, muy sensible.
Recuerdo que la primera vez que vi a Santiago, bastón en mano, con esa oscilación leve que tiene al caminar y con su boina de pana, me pareció un personaje leve, un escritor plácido que decidió reposar tempranamente en los jugos de su edad hasta que pasamos por un negocio de armería donde se estaban a la venta navajas de diferentes formas y tamaños. Santiago las miró fascinado disertando sobre los modelos y las formas — ¿Alguna vez has apuñalado a alguien? — Me preguntó con entusiasmo— Se hace así, empujando el mango y girando con fuerza la muñeca para hacer el mayor daño posible. Soltó una carcajada y después se limpió la palma en el gabán como para deshacerse de una sangre imaginaria. Después recuerdo que pasamos por un barcito donde un grupo de hinchas de la Liga estaba viendo un partido de futbol. — ¡Si pudiéramos ser como ellos! —Exclamó. Ibas unos pasos delante de mí, el contoneo de sus piernas le daban un aire inofensivo, inocuo — pero los escritores, como tú sabes, somos gente sensible, muy sensible.
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