Soy un caso perdido. Me encuentro con Adelaida en el lanzamiento del un novela de Leticia Loor. Tomo vino, mucho vino, litros de vino como si algún Cristo estuviera empleado en la cocina haciendo lo mismo que hizo en Canán Veo gente que egresó el mismo año que yo de la universidad, hablan con frases densas, usan palabras como narrador, meta texto, heterogoosia. Mi generación ya empieza a estar gorda y calva. Adelaida me confiesa que ama a un joven escritor que está en otro país y yo justamente llevo dos meses asistiendo a terapia para recuperarme de un caso similar con una consigna entre ceja y ceja: saber perder. Me sorprendo diciéndole que se vaya a Madrid, que se instale en la pieza del escritor, que lo ponga en jaque, que aproveche el calor de los cuerpos que aún no enfría la distancia, que se embarace, que haga lo que sea para ganar, que la vida es una jugada y que si no juegas te sacan. Adelaida dice que doy buenos consejos. Yo sé, secretamente que esa que va a terapia no soy yo, que puedo intentar perder pero que no sería auténtica, sería una yo fingiendo una derrota. 300 dólares a la basura para terminar siendo la misma que he sido desde que tengo uso de razón, la que crea arco, blanco y flecha. Bebo más vino y sigo parloteando hasta que empiezan a apagar las luces. Se me viene a la cabeza la frase de una melodía que cantaba mi madre mientras picaba, lavaba y pulía: “Pero no, eso no puede ser, resígnate a perder”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.