Llamo al escritor Santiago Páez. He intentado comunicarme con él toda la mañana pero sale la contestadora sin ninguna grabación que me permita dejar un mensaje. Finalmente habla desde el teléfono de su casa. Santiago es un tipo luminoso y a la vez ensombrecido, depende de qué lado del reflector se haya colocado ese día. Empezamos a hablar de que viajaré a Quito a propósito del proyecto del libro de viajes y terminamos parloteando sobre las relaciones sentimentales. Santiago da consejos despiadados, crueles, dignos de la ponzoña de un escorpión A veces me da la impresión de que escucharme lo refresca un poco del letargo de su edad. Le digo que posiblemente me mude a la capital para estudiar una maestría de dos años en la Andina y utilice ese pretexto para dar por terminada la relación de diez años que tengo con mi pareja. — ¡Qué barbaridad! — Me dice— ¡Ninguna relación dura diez años! Puede seguir pero jamás será la relación que inició. — Yo fabulo, fabulo mucho, supongo situaciones y escenarios. Supongo que me separo de mi pareja y vivo una vida paralela concentrada en la lectura y la escritura, una vida ascética y solitaria muy parecida a la que vivo ahora pero con la absoluta responsabilidad de que dependerá exclusivamente de mí. La soledad de a uno es manejable, es menos ridícula. Santiago me escucha como un padre escucha los balbuceos erráticos de una nena que empieza a hablar, los tolera y los celebra con expresiones como — Me parece muy bien — Honestamente no creo que le parezca muy bien, pero ya estoy al teléfono y no tiene de otra, me quiere, no va a cortarme aunque lo aburra. Quizá lo que pasa es que siempre estamos concentrados en el sentir, me dice. — Cuando tenía tu edad lo importante era la pasión, amar, desamar, seducir a una mujer. Pero lo que me pasó a mí, lo que te pasa a ti también le pasan a los burócratas, con la diferencia de que a burócratas se “ chuman” los fines de semana y listo. A nosotros nos cuesta mucho más manejar las emociones, pero hay que escribir, cada segundo que pases sin escribir, sin leer, amando, digamos, es un segundo perdido.
Recuerdo que la primera vez que vi a Santiago, bastón en mano, con esa oscilación leve que tiene al caminar y con su boina de pana, me pareció un personaje leve, un escritor plácido que decidió reposar tempranamente en los jugos de su edad hasta que pasamos por un negocio de armería donde se estaban a la venta navajas de diferentes formas y tamaños. Santiago las miró fascinado disertando sobre los modelos y las formas — ¿Alguna vez has apuñalado a alguien? — Me preguntó con entusiasmo— Se hace así, empujando el mango y girando con fuerza la muñeca para hacer el mayor daño posible. Soltó una carcajada y después se limpió la palma en el gabán como para deshacerse de una sangre imaginaria. Después recuerdo que pasamos por un barcito donde un grupo de hinchas de la Liga estaba viendo un partido de futbol. — ¡Si pudiéramos ser como ellos! —Exclamó. Ibas unos pasos delante de mí, el contoneo de sus piernas le daban un aire inofensivo, inocuo — pero los escritores, como tú sabes, somos gente sensible, muy sensible.
Recuerdo que la primera vez que vi a Santiago, bastón en mano, con esa oscilación leve que tiene al caminar y con su boina de pana, me pareció un personaje leve, un escritor plácido que decidió reposar tempranamente en los jugos de su edad hasta que pasamos por un negocio de armería donde se estaban a la venta navajas de diferentes formas y tamaños. Santiago las miró fascinado disertando sobre los modelos y las formas — ¿Alguna vez has apuñalado a alguien? — Me preguntó con entusiasmo— Se hace así, empujando el mango y girando con fuerza la muñeca para hacer el mayor daño posible. Soltó una carcajada y después se limpió la palma en el gabán como para deshacerse de una sangre imaginaria. Después recuerdo que pasamos por un barcito donde un grupo de hinchas de la Liga estaba viendo un partido de futbol. — ¡Si pudiéramos ser como ellos! —Exclamó. Ibas unos pasos delante de mí, el contoneo de sus piernas le daban un aire inofensivo, inocuo — pero los escritores, como tú sabes, somos gente sensible, muy sensible.
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