( A propósito de la visita de Leopoldo María Panero a Guayaquil)
— Mira, me habían dicho que si a ese loco le pedías un cigarrillo, uno de los tantos que guardaba en las cajetillas que llevaba consigo, como respuesta te muerdía e iba a dejarte una marca sangrienta con sus dientes delanteros, una herida profunda que tendría la forma estrellada de la cruz del sur; y que quizá, como se cree de los fluidos, no sólo te pasaría el temperamento, sino también la locura. Pero yo quería fumar, llevaba horas sin fumar y el loco permanecía como un tentador incendio, hechando humo sobre la banca del paque se iba en cigarrillos y en volutas. Y era la mordida o la abstitencia ¿entiendes? y la abstinencia duele más que la presión de cuatro dientes. Yo que me he pasado horas que son días, días que no recuerdo porque el tabaco le ha dado algo que hacer a mis dedos, algo más que nudos chasquidos; le ha dado un tono amarillento mis palmas extendidas que a veces reciben monedas, a veces nada ¿que tenía ya que perder si ya ni hambre me quedaba? Sólo ansias. Así que me arriesgué con el loco. Me habrí paso pisoteando entre la gente y tomé una de las colillas agonizantes de la hierba. A las plantas rotas del loco di tres largas caladas al pucho hasta que me sentí mareado, eufórico. Entonces mordí al loco con valor, lo mordí en defensa propia antes de que él dentellara primero y allá está, llorando como un perro castrado, mirándonos con ojos de miedo y desconcierto. No, no te puedo dar de mis cigarrillos, chico, me quedan muy pocos, sólo tengo unas mordidas, trinos, ánda a pedirle algo, si te atreves, al loco ese, al que está allá.