Al errar por las lentas galerías suelo sentir con vago horror sagrado que soy el otro, el muerto, que habrá dado los mismos pasos en los mismos días.
Borges ( Poema de los dones)
Me doy cuenta de que hay períodos en que rehuyó escribir. Ahora que tengo el pie roto y poseo cierto tiempo para hacerlo —eso creen todos, al menos — podría hilar algunas líneas como ahora intento, pero también es una convocatoria que duele, llamar a la que habla, a la que dice cosas, lacera. Lastima tocar la mano de la otra, crea una sensación de extrañamiento porque ésta de acá se enfurece: a veces no tengo ideas y como no las tengo, debo hablar de la realidad. No sé que es más desquiciante. Si traer la voz por poco tiempo o despedirla, luego. Revisando esto que he bosquejado, medito en que hablo de la escritura como si fuera un acto de posesión, de desdoblamiento. Últimamente, errática y patosa como estoy, no me encuentro segura de nada. No hay norte, no hay sur soy un trompo impulsándose a sí mismo. ¿Cómo le irá a la otra? A la estable, a la que posiblemente duerma en una cama rodeada por los brazos de alguno, quizás también otro, uno de los tantos amantes que no me fue posible retener por ser la que soy: “Mi cabello nunca cubrió por completo la locura que presintieron /y que nos envolvía como una neblina nauseabunda /que salía de la carne fermentada de mi cabeza /e invadía y detenía el amor como si imantara las agujas de un reloj”, dice la peruana Cecilia Podestá. Yo no debería hablar de amor, las mujeres siempre terminamos hablando de amor como un lugar común. Lo que quería decir es que si esta es la que escribe, seguro, del otro lado hay otra, que es la que no escribe, una más simple, más apacible, seguramente una mejor persona.
Doppelganger es el doble idéntico de un persona cuya aparición presagia desgracias. Yo vi al otro: lo vi, de era de esas personas que requieren de una segunda mirada para parecer interesantes y por eso no lo detecté en un inicio. Algo de barriga, algo de estatura, muy mal llevada porque se encorvaba sobre sí mismo. Regresé la mirada para ver si era tan parecido como yo creía que era al “ uno” y, sí era. Este hombre revisaba una horrible y estridente cartelera escolar ignorante al parecido que tenía con el que fue el hombre que más he amado en la vida. El lugar del encuentro era absurdo: una reunión de colegio. Colegas, café aguado, montones de chicos pululando, aplausos, preseas. Y yo fui hipnotizada como una polilla hasta él y me planté a sus espaldas para mirarlo mejor, para percibirlo. Se parecía al Rey Sol. Entonces imagino que sí es el Rey Sol. Que estoy a punto de tocarlo si elevo la mano y deslizo el índice por su chaqueta, volvería a sentir sus nervios de la espalda y sus cosquillas en un estremecimiento delicado: el hombre que yo amaba estaba lleno de cosquillas. Olfateo el aire, tiene esa pizca de sudor almizclado, una acidez agradable. ¿Qué hubiera pensando ese hombre si se volteaba y me hubiera visto husmeando el aire? Una perra en busca de huellas. Y luego lo espié de lejos cuando ingresamos al salón para seguir con la mañana escolar. Me senté frente a él y lo miré hasta lograr el contacto de sus ojos pardos. Ya en detalles, el “ uno y el otro” tenían en común la mirada curiosa, pero quizá no la nariz, un poco ganchuda del que estaba de este lado del mundo. La del Rey Sol es pequeña y en punta. Cuando el doble me mira, siento como si el Rey Sol me mirara también. El efecto de la reciprocidad y mi corazón bañándose en el caldo espeso de la emoción son abrumadores. Quizá hasta hay una sonrisa de su parte por sentirse espiado ¿Una mueca de espanto? Ya no me quita la mirada de encima: la perra a entrado en celo . Si la voz es del color del alma, como me dijo una vez Sonia Manzano, sus voces sí que no serían iguales — A los doppelganger los detectas por las voces— así que únicamente me hubiera hecho falta escucharlo, pero tenía pavor. Me marcho sin decirle nada. Adiós hombre de mi vida, adiós otra vez, por vez segunda. El Rey Sol es egoísta, cruel, manipulador y petulante. Este es un extraño con toda la novedad y la alegría que un desconocido puede tener. ¿Si mi otra yo conociera a este otro “tú”? ( esa que descansa como una Ofelia sobre el agua) ¿sería feliz? ¿Por qué yo no? Porque he hecho desastres en esta tierra, diría Kavafis. Un hombre es más que un cuerpo, así este cuerpo sea deseado. Ya no hay posibilidades para mí, pero sí para la otra, la que es un poco pájaro. Y yo recorreré la tierra hasta hacer polvo de mis huesos.
Entonces iré a Lima, dejaré algo de mí en sus cementerios como trozos de uñas o la sangre de mis hijos muertos y me desplomaré sobre una tumba que lleve también el nombre del hombre que más amé en la vida. Lloraré los imposibles, la batallas cuya paz se firmó sin más remedio y saldré de allí renacida, o acabada. Seré un fénix, un elefante en combustión que va haciendo humear todo a su paso. Puede que ya no tenga que convocar a la que escribe nunca más porque haya por fin perdido el habla y todas las que soy y todos los que él han sido, puedan esa noche conciliar sus sueños con la certeza de tener un solo cuerpo porque citando otra vez a Podestá “... no cabemos los dos en un solo nombre /o en imaginarios /tampoco en las más simples palabras /somos dos animales sin madriguera/ en un invierno de cuerpos helados/ en el que no caben más preguntas.
Borges ( Poema de los dones)
Me doy cuenta de que hay períodos en que rehuyó escribir. Ahora que tengo el pie roto y poseo cierto tiempo para hacerlo —eso creen todos, al menos — podría hilar algunas líneas como ahora intento, pero también es una convocatoria que duele, llamar a la que habla, a la que dice cosas, lacera. Lastima tocar la mano de la otra, crea una sensación de extrañamiento porque ésta de acá se enfurece: a veces no tengo ideas y como no las tengo, debo hablar de la realidad. No sé que es más desquiciante. Si traer la voz por poco tiempo o despedirla, luego. Revisando esto que he bosquejado, medito en que hablo de la escritura como si fuera un acto de posesión, de desdoblamiento. Últimamente, errática y patosa como estoy, no me encuentro segura de nada. No hay norte, no hay sur soy un trompo impulsándose a sí mismo. ¿Cómo le irá a la otra? A la estable, a la que posiblemente duerma en una cama rodeada por los brazos de alguno, quizás también otro, uno de los tantos amantes que no me fue posible retener por ser la que soy: “Mi cabello nunca cubrió por completo la locura que presintieron /y que nos envolvía como una neblina nauseabunda /que salía de la carne fermentada de mi cabeza /e invadía y detenía el amor como si imantara las agujas de un reloj”, dice la peruana Cecilia Podestá. Yo no debería hablar de amor, las mujeres siempre terminamos hablando de amor como un lugar común. Lo que quería decir es que si esta es la que escribe, seguro, del otro lado hay otra, que es la que no escribe, una más simple, más apacible, seguramente una mejor persona.
Doppelganger es el doble idéntico de un persona cuya aparición presagia desgracias. Yo vi al otro: lo vi, de era de esas personas que requieren de una segunda mirada para parecer interesantes y por eso no lo detecté en un inicio. Algo de barriga, algo de estatura, muy mal llevada porque se encorvaba sobre sí mismo. Regresé la mirada para ver si era tan parecido como yo creía que era al “ uno” y, sí era. Este hombre revisaba una horrible y estridente cartelera escolar ignorante al parecido que tenía con el que fue el hombre que más he amado en la vida. El lugar del encuentro era absurdo: una reunión de colegio. Colegas, café aguado, montones de chicos pululando, aplausos, preseas. Y yo fui hipnotizada como una polilla hasta él y me planté a sus espaldas para mirarlo mejor, para percibirlo. Se parecía al Rey Sol. Entonces imagino que sí es el Rey Sol. Que estoy a punto de tocarlo si elevo la mano y deslizo el índice por su chaqueta, volvería a sentir sus nervios de la espalda y sus cosquillas en un estremecimiento delicado: el hombre que yo amaba estaba lleno de cosquillas. Olfateo el aire, tiene esa pizca de sudor almizclado, una acidez agradable. ¿Qué hubiera pensando ese hombre si se volteaba y me hubiera visto husmeando el aire? Una perra en busca de huellas. Y luego lo espié de lejos cuando ingresamos al salón para seguir con la mañana escolar. Me senté frente a él y lo miré hasta lograr el contacto de sus ojos pardos. Ya en detalles, el “ uno y el otro” tenían en común la mirada curiosa, pero quizá no la nariz, un poco ganchuda del que estaba de este lado del mundo. La del Rey Sol es pequeña y en punta. Cuando el doble me mira, siento como si el Rey Sol me mirara también. El efecto de la reciprocidad y mi corazón bañándose en el caldo espeso de la emoción son abrumadores. Quizá hasta hay una sonrisa de su parte por sentirse espiado ¿Una mueca de espanto? Ya no me quita la mirada de encima: la perra a entrado en celo . Si la voz es del color del alma, como me dijo una vez Sonia Manzano, sus voces sí que no serían iguales — A los doppelganger los detectas por las voces— así que únicamente me hubiera hecho falta escucharlo, pero tenía pavor. Me marcho sin decirle nada. Adiós hombre de mi vida, adiós otra vez, por vez segunda. El Rey Sol es egoísta, cruel, manipulador y petulante. Este es un extraño con toda la novedad y la alegría que un desconocido puede tener. ¿Si mi otra yo conociera a este otro “tú”? ( esa que descansa como una Ofelia sobre el agua) ¿sería feliz? ¿Por qué yo no? Porque he hecho desastres en esta tierra, diría Kavafis. Un hombre es más que un cuerpo, así este cuerpo sea deseado. Ya no hay posibilidades para mí, pero sí para la otra, la que es un poco pájaro. Y yo recorreré la tierra hasta hacer polvo de mis huesos.
Entonces iré a Lima, dejaré algo de mí en sus cementerios como trozos de uñas o la sangre de mis hijos muertos y me desplomaré sobre una tumba que lleve también el nombre del hombre que más amé en la vida. Lloraré los imposibles, la batallas cuya paz se firmó sin más remedio y saldré de allí renacida, o acabada. Seré un fénix, un elefante en combustión que va haciendo humear todo a su paso. Puede que ya no tenga que convocar a la que escribe nunca más porque haya por fin perdido el habla y todas las que soy y todos los que él han sido, puedan esa noche conciliar sus sueños con la certeza de tener un solo cuerpo porque citando otra vez a Podestá “... no cabemos los dos en un solo nombre /o en imaginarios /tampoco en las más simples palabras /somos dos animales sin madriguera/ en un invierno de cuerpos helados/ en el que no caben más preguntas.
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