martes, 28 de septiembre de 2010

Cuatro: Rutinas conyugales

Se ha vuelto de lo más normal que cuando llegue a casa por la noche, él ya se ha sacado los zapatos con los que ha camidado durante todo el día y los haya dejado en mitad de la sala. A demás, debido a que olvidó cerrar, la ventana que da al patio, se han desparramado como una hojarasca sobre el piso. El gato hambriento se lanza a morder mi tobillo porque tiene su tazón casi vacío. La llave del lavamanos gotea y la toalla mojada, sobre la ropa limpia del armario despide una peste a húmedad.
Como pago, yo dejo alzada la tapa de retrete y tampoco halo la cadena, dejo que las hormigas invadan las tazas sin lavar del fregadero, bebo directamente de botellón de agua, a pesar de que la incipiente tos anuncia gripe, coloco en el refrigerador la ensalada y la elevo a la máximapotencia , también vacío del cesto pelotas de papel arrugado y las coloco fuera como si se tratase de un error de puntería. Borro los mensajes que son para vél de la contestora y luego me percato de que él, antes de marcharse, también ha borrado los míos. Buso el libro que estoy leyendo antes de dormir para conciliar el sueño , lo hayo discretamente oculto bajo el colchón de la cama, entonces mezco su mejor camisa blanca con otras ropas de colores y enciendo la lavadora mientras la cambio la pila de sus adufinos por una gastadal, al tiempo de que la tintura se extiende sobre la prenda como un eclipse voy a buscar de cigarrillo. No hayo ninguno por toda la casa, entonces uso sus fósforos perfumados, esos que traji dela India, Antes de irme a dormir tomo su almohada y la escondo bajo la pila de ropa interior sucia. Al día siguiente, al verlo despertar acunando la cabeza entre sus propias manos, siento una punzada de ternua. A veces, en circunstancias así, una cede. Lo miro y Soy la primera en enceñar los dientes esa mañana, él me contesta con un par de ladrido, después todo es bulla, jadeos. Quizá haya un poco de sangre entre las dentelladas pero sabemos que es normal, de lo más en un matrimonio solitario de dos viejos lobos.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Tres: Las dramáticas imágenes

Como ejercicio para aflojar la lengua, dentro del desarrollo de la destreza de la oralidad, los estudiantes de periodismo de la Universidad deben seleccionar imágenes que hayan ganado el premio Pulitzer en la categoría de fotografía y describir lo que ven. A la gran mayoría, contemplando a los niños vietnamitas quemados con napalm, a Katherine Cathey presionando su vientre contra el ataud de su esposo muerto en la guerra de Iraq o a la foto de la niña de sudan agonizante tomada por Kevin Carter, les tiembla la voz. Ante el gageo y la duda de mis alumnos yo me molesto. — ¿Acaso no van a ser ustedes periodistas? — les digo. Van a tener que tratar con situaciones así de terribles o peores. Deben crear un distanciamiento ¿O van a hacer prensa amarilla? ¿Prensa rosa? — Pero son sólo chicos, chicos hijos de la teoría, de la escuela de los textos .Por allí alguien suelta una lágrima, otro me pregunta qué hubiera hecho yo. No lo sé, lo contesto...no lo sé. Quizá mi irritación es consecuencia de mi vacío, soy más escritora que periodista.
Desayuno con la noticia de que la policía a tomado preso a un jovencísimo consumidor de marihuana en Guayaquil quien mira a los unifromados con los ojos desorbitados. Todo el aparataje, las sirenas, y la bulla que ha invadido a un barrio del sur para atrapar a un niño haciendo novillos es injustificado. — Contanto delincuente suelo y estos lléndose contra el muchacho, — dice la gente. Al final la turba se levanta de verdad y lanza piedras contra los policías que huyen a toda velocidad. En medio del jaleo, un reportero, muy jovencito, resulta con tres dedos rotos por una pedrada. la cámara registra las dramáticas imágenes, el rostro de dolor de la víctima. En esta profesión no se puede salir ileso, pienso, por eso escribo, aunque la ficción me protege, o al menos por ahora, no es un riesgo físico. No demasiado.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Dos: resígnate a perder

Soy un caso perdido. Me encuentro con Adelaida en el lanzamiento del un novela de Leticia Loor. Tomo vino, mucho vino, litros de vino como si algún Cristo estuviera empleado en la cocina haciendo lo mismo que hizo en Canán Veo gente que egresó el mismo año que yo de la universidad, hablan con frases densas, usan palabras como narrador, meta texto, heterogoosia. Mi generación ya empieza a estar gorda y calva. Adelaida me confiesa que ama a un joven escritor que está en otro país y yo justamente llevo dos meses asistiendo a terapia para recuperarme de un caso similar con una consigna entre ceja y ceja: saber perder. Me sorprendo diciéndole que se vaya a Madrid, que se instale en la pieza del escritor, que lo ponga en jaque, que aproveche el calor de los cuerpos que aún no enfría la distancia, que se embarace, que haga lo que sea para ganar, que la vida es una jugada y que si no juegas te sacan. Adelaida dice que doy buenos consejos. Yo sé, secretamente que esa que va a terapia no soy yo, que puedo intentar perder pero que no sería auténtica, sería una yo fingiendo una derrota. 300 dólares a la basura para terminar siendo la misma que he sido desde que tengo uso de razón, la que crea arco, blanco y flecha. Bebo más vino y sigo parloteando hasta que empiezan a apagar las luces. Se me viene a la cabeza la frase de una melodía que cantaba mi madre mientras picaba, lavaba y pulía: “Pero no, eso no puede ser, resígnate a perder”.

Uno: los escritores somos gente sensible

Llamo al escritor Santiago Páez. He intentado comunicarme con él toda la mañana pero sale la contestadora sin ninguna grabación que me permita dejar un mensaje. Finalmente habla desde el teléfono de su casa. Santiago es un tipo luminoso y a la vez ensombrecido, depende de qué lado del reflector se haya colocado ese día. Empezamos a hablar de que viajaré a Quito a propósito del proyecto del libro de viajes y terminamos parloteando sobre las relaciones sentimentales. Santiago da consejos despiadados, crueles, dignos de la ponzoña de un escorpión A veces me da la impresión de que escucharme lo refresca un poco del letargo de su edad. Le digo que posiblemente me mude a la capital para estudiar una maestría de dos años en la Andina y utilice ese pretexto para dar por terminada la relación de diez años que tengo con mi pareja. — ¡Qué barbaridad! — Me dice— ¡Ninguna relación dura diez años! Puede seguir pero jamás será la relación que inició. — Yo fabulo, fabulo mucho, supongo situaciones y escenarios. Supongo que me separo de mi pareja y vivo una vida paralela concentrada en la lectura y la escritura, una vida ascética y solitaria muy parecida a la que vivo ahora pero con la absoluta responsabilidad de que dependerá exclusivamente de mí. La soledad de a uno es manejable, es menos ridícula. Santiago me escucha como un padre escucha los balbuceos erráticos de una nena que empieza a hablar, los tolera y los celebra con expresiones como — Me parece muy bien — Honestamente no creo que le parezca muy bien, pero ya estoy al teléfono y no tiene de otra, me quiere, no va a cortarme aunque lo aburra. Quizá lo que pasa es que siempre estamos concentrados en el sentir, me dice. — Cuando tenía tu edad lo importante era la pasión, amar, desamar, seducir a una mujer. Pero lo que me pasó a mí, lo que te pasa a ti también le pasan a los burócratas, con la diferencia de que a burócratas se “ chuman” los fines de semana y listo. A nosotros nos cuesta mucho más manejar las emociones, pero hay que escribir, cada segundo que pases sin escribir, sin leer, amando, digamos, es un segundo perdido.
Recuerdo que la primera vez que vi a Santiago, bastón en mano, con esa oscilación leve que tiene al caminar y con su boina de pana, me pareció un personaje leve, un escritor plácido que decidió reposar tempranamente en los jugos de su edad hasta que pasamos por un negocio de armería donde se estaban a la venta navajas de diferentes formas y tamaños. Santiago las miró fascinado disertando sobre los modelos y las formas — ¿Alguna vez has apuñalado a alguien? — Me preguntó con entusiasmo— Se hace así, empujando el mango y girando con fuerza la muñeca para hacer el mayor daño posible. Soltó una carcajada y después se limpió la palma en el gabán como para deshacerse de una sangre imaginaria. Después recuerdo que pasamos por un barcito donde un grupo de hinchas de la Liga estaba viendo un partido de futbol. — ¡Si pudiéramos ser como ellos! —Exclamó. Ibas unos pasos delante de mí, el contoneo de sus piernas le daban un aire inofensivo, inocuo — pero los escritores, como tú sabes, somos gente sensible, muy sensible.